Karlos
Urrestarazu imparte talleres de Formación personal y profesional.
Imparte clases de las denominadas magistrales o dentro de los usos y costumbres, últimamente en Extranjería, pero también en Mediación. Y los nuevos tiempos exigen cada vez más formación, y las empresas tienden a preparar a los empleados y a los directivos en una suerte de habilidades sociales que van, normalmente, desde la formación teórica mediante clases y conferencias de tipo ‘magistral’ con espacios destinados a cambiar impresiones y experiencias de modo más o menos superficial –normalmente dejando al libre albedrío de los participantes la ‘profundidad’ de las mismas-; pero últimamente, también utilizan estancias en régimen de convivencia donde se asumen retos, se fomenta la colaboración pero, al mismo tiempo, la individualidad (rafting, alpinismo, etc) todas ellas que, no siendo en sí mismas criticables, sí que me parecen de muy alto coste en función de los resultados que aparejan. El taller que yo propongo a las empresas tienen, entre otras, las siguientes características:
Este
Primer Taller que se ofrece está destinado tanto a directivos
como a empleados de empresas que tienen implementados los Sistemas de
Calidad, ya sean ISO o K-21. LA
CALIDAD PERSONAL, IMPRESCINDIBLE
(Oscar Wilde)
Ésta es una cuestión que debe ser analizada en profundidad para que la inversión realizada –o por realizar- no acabe en el cesto de los papeles. Porque no se trata de una inversión pequeña, ni en dinero ni en tiempo. En primer lugar, hay que tener en cuenta que la mayoría de las implantaciones se efectúan por exigencia, o sugerencia, de otra empresa de la que, por razones comerciales, se depende. A veces constituye un requisito sine qua non, y la pyme accede porque le va la supervivencia en ello: nombra un Director de Calidad (es imprescindible que alguien de la empresa se haga cargo de la implantación del proceso); éste normalmente se verá obligado a hurtar tiempo y energías de trabajo a su ocupación habitual –sea cual fuere-, y el resto del personal se verá implicado y le tendrá que dedicar también atención, energía y fuerza de trabajo. O lo que es lo mismo, tiempo de producción. El objetivo suele estar claro: conseguir el Certificado de Calidad y usarlo a modo de “mascarón de proa” a efectos publicitarios. Es humano, y comercialmente acertado casi siempre. Pero son escasas las empresas que emprenden el camino de la Calidad por propia iniciativa siendo pequeñas o medianas. En segundo lugar, una vez conseguido el Certificado, si se desea que surta efectos en el tiempo, hay que implicar al personal en el especial cuidado documental que su sostenimiento requiere: tiempo y dinero para la empresa. A veces, incluso, hay que dedicar a algún colaborador para las labores específicas de la Calidad. Y mentalmente, los directivos –casi siempre llevados, a causa de las circunstancias, por lo urgente en detrimento de lo importante-, empiezan a restarle importancia a la Calidad pese a su utilidad. Es humano, también. Y en el momento en que los directivos aflojan la presión respecto del proceso, el personal suele empezar a deslizarse hacia la desmotivación. Igualmente, muy humano y nada reprochable. ¿Cuál es, entonces, el problema? Que el proceso de Calidad se desinfla, pierde gas. Y se corre el riesgo de que acabe en la papelera, salvo nominalmente, deslizándose hacia una inversión fallida. ¿Qué hacer, entonces?
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